En principio fue solo un sueño: encontrar una forma rápida, eficaz y moderna de comunicar el interior de la meseta castellana con el mar. Después fue un reto: trazar un camino de agua a pico y pala por el que los marineros de Castilla echaran a navegar sus barcos cargados de harina, trigo o pasajeros. Y ahora es, entre otras cosas, la excusa perfecta para emprender una aventura a pie, a caballo o a pedales: las sirgas del Canal de Castilla discurren por el interior de un rico entorno natural, sin desniveles apreciables y comunicando localidades grandes y pequeñas donde no faltan el contacto con la historia y cosas que ver.
Siguiendo la estela abierta por los ingenieros hidráulicos que en otros países europeos habían trazado ya eficaces vías de comunicación mediante canales, en 1753, Fernando VI encomienda al capitán de navío Antonio de Ulloa redacta el Proyecto general de canales de navegación y riego para facilitar el movimiento de mercancías en los reinos de Castilla y León.
Se trata de una obra faraónica de 207 kilómetros de canal navegable dividido en tres ramales: el Norte, que une las localidades de Alar del Rey, donde el canal se carga con las aguas del Pisuerga, con el paraje de Calahorra de Ribas; el de Campos, entre Calahorra de Ribas y Medina de Rioseco; y el Sur, que nace en el paraje de El Serrón, cerca de Grijota (Palencia) hasta Valladolid.
A lo largo de esos 207 kilómetros abundan, sobre todo, los restos de una ingeniería hidráulica pionera en su momento, la evidencia del esfuerzo con el que se acometió este empeño: presas, azudes, esclusas, retenciones, puentes y acueductos, dársenas… todo ello unido por las sirgas, una a cada lado del canal, caminos por los que circulaban los animales encargados de tirar de las barcazas para acelerar sus desplazamientos. Esos caminos son los que hacen posible hoy la aventura de recorrer el Canal de Castilla en sus rincones. Y ya puestos, hacerlo en bicicleta se presenta como una de las mejores opciones.